¿De cuál fumaste hoy? | La ira

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Manuel Hernández Hernández |

Y él se levanta con voz de trueno en la Independencia, se toca con arrebato las campanas del atrio de la parroquia de Dolores. Es convocada la arenga de autodeterminación para sumarse a la rebelión. Se inicia la sublevación irredimible, entre otros gritos, ¡Mueran los Gachupines!, en la figura incendiaria de Miguel Hidalgo. Redoblan los tambores de guerra el 16 de septiembre de 1810 con la muerte ya anunciada contra el virreinato de la Nueva España.

Ellos, ¡Vamos ya!, los insurgentes pierden el control de sí mismos, todo acalorado de entusiasmo patriótico, espontáneo, irreflexivo, súbito. Surge el anhelo de libertad y romper el yugo.

El camino polvoriento, es lleno de aclamación de una multitud mal armada, con viejos fusiles, lanzas, espadas, hondas, palos e instrumentos de labranza. Maldiciones a los peninsulares, al recoger bultos de rocas en las riberas de los ríos.

Ellos, van al desquite con rabia de venganza al saqueo en las poblaciones tomadas. La centella deslumbradora tomará la Alhóndiga de Granaditas, Guanajuato. Sin estrategias militares, caen muchos paisanos, indios, flecheros. Son los soldados insurrectos, quienes no dan tregua. Los caídos son reemplazados, han teñido de rojo el suelo.

Nadie entiende el por qué no cede la plaza. Los opositores se han pertrechado. Los ibéricos están llenos de posesiones y dinero en pura plata. Más les gana la ambición contrario al fin, el deceso violento, el trance.

Y alguien de mando insurgente desesperado buscó entre los intrépidos a quien no tema los peligros; la responsabilidad recae en Juan José Martínez de los Reyes. El Pípila presto se coloca una loza sobre la cabeza.

Marcha decidido a incendiar la puerta norte. Maniobra bajo la intensidad de las balas. Cumple la misión de untar brea y la madera prende con el ocote encendido.

Después una matazón, tanto adentro como afuera. La suplica por la vida es penetrada por las espadas y cuchillos. La iracundia, es el rostro de los desmanes en la primera campaña independista de la turba novohispana.

Félix María Calleja, brigadier del ejército realista, golpea la mesa en su centro de mando muy cerca de Cuatla en 1812, donde le pone sitio en largos setenta y tres días. Él como obsesivo, dice creer de una toma de la ciudad al igual, parecido o semejante a un día de campo, porque los insurgentes caerán aterrorizados.

El giro de la moneda se indica una tarea fácil, más la tropas de Morelos y él como un moderno estratega hace de lado las masas indisciplinadas manejadas por Hidalgo y Allende. Los elementos dirigidos por el Siervo de la Nación, están mejor organizados, son mejores combatientes y atienden las órdenes de la comandancia.

Además de impactar su puño en la madera, Calleja está en el sur, solicitando más refuerzos constantemente y no puede romper las defensas. Él soldado de alto rango ya está furioso. Él, de forma inmediata y en el acto, monta en cólera. Su resentimiento es ver cráneos despedazados. No importa si existen los más infernales sufrimientos en la población.

Calleja recuerda a sus ciudadanos masacrados en Guanajuato; a cambio manda asesinar, al huir, niños, ancianos, así como mujeres, al romperse el cerco. Son la retaguardia de la salida de Morelos de la heroica Cuatla.

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