El árbol de Onetti | Irreverente plagio

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Manuel Hernández |

De hecho aquella tarde se tornaba rosada, inusitada lluvia con reflejo de arco iris en equinoccio de Verano. Presurosa abandonó el Conservatorio Nacional de Música, dejó de asistir a la siguiente clase y arrancó a un incierto concierto, en domicilio desconocido para ella, donde la habían citado.

Apenas localizada la casa de los Risi, bajo dos techos de agua, se acercó a la puerta y sacó el fino violín e interpretó un ligero soneto de Hayden; como se acompasaba con los latidos del corazón, no se dio cuenta de ser observada por unos ojos interrogantes detrás de las cortinas de la ventana izquierda.

En esos días de nubarrones y tormentas, tocó tres veces y en la última, fue abierta la puerta violentamente por una fea mano de jalar el gatillo, tosca como golpeadora de rostros; levantó a la joven para arrojarla al interior semi oscuro de la principal habitación. El tortuoso hombre hundía la vista en el bien proporcionado cuerpo de la víctima, de esa lascivia asquerosa con la prepotencia inquisidora. Al acecho, le mordió cada uno de los senos y no quería abandonar los glúteos de la fina interprete.

La repulsión causada del negro mulato iba más allá con imperiosas órdenes:

–“Siéntate en el sofá. ¡Vamos…ándale!-“ Mientras era codiciada al cruzar las piernas, ambas temblorosas.

En esos claros y oscuros dramáticos, vio a otra persona, la ama de llaves de Fide, interrogada por otros dos sujetos. Metían contradicciones y ella trataba de liberarse de las preguntas. Se defendía al hacer aspavientos. La metieron al espanto, con arrogancia militar, así la cercaban; todo era de prisa, pues ya no querían estar en el lugar del suplicio. Datos importantes: las acciones eran con rapidez.

Uno de los sobrados de los tres, el principal acosador la obligó hacerlo.

–¡Abre de inmediato el estuche negro…!–. Sin tardanza, hazlo; me haces perder la paciencia en tu entorno de rosa; me violentas con tú timidez—

Quiso desaparecer forzosamente, le convenía no estar en esa escena.

–¿Habla del instrumento musical?

–¿Cuál otro podría ser…?–. Ese mono se sentía dueño de la situación como si estuviera en plena selva. Manoteaba para todos lados del lugar silvestre.

Procedió a recorrer la cremallera; retiró los botones de seguridad y con apreciación entregó el Stradivarius.

–Maldita yo no quiero eso. ¡Presta acá la protección–. Botaron varios papeles, credencial de la escuela y lo principal, las partituras. No apareció nada comprometedor. La sospecha se convirtió en ira y el fino de características sonoras armoniosas, fue a dar a la esquina de la pared, de varias veces donde la caja de resonancia se quebró.

–¿Y esto…a quién pertenece?. Un silencio aterrador a ella.

— No sé, quien sea el dueño.—

Era un hedor de sudor y humo de tabaco. Golpes en el vientre de la sirvienta; ella embarazada y decía: “Yo no sé, porque están aquí; si quieren algo de mí, pues lo desconozco, ¿cuáles papeles?: la dueña de la casa no me encargó nada”. Ahora, retumban los manotazos a la cara.

Y al sexto violinazo, cayeron varias notas y un microfilm con innumerables nombres, de ellos en desaparición forzada y otros ya ultimados con breves notas informativas en los periódicos. La opinión pública ya suponía lo funesto.

Hubo un momento de calma a la muchacha; fue obligada salir al jardín trasero con serias advertencias de ningún intento de fuga. De lo contrario algo serio podría ocurrirle y sufriría muchos macanazos.

La diversidad de las nubes, un ejército de ellas, algodones de formas caprichosas, casi de características humanas, recorrían el firmamento y se deshacían por allá. Pisó el pasto, lo contempló muy verde de verano, un olor húmedo recorría sus sentidos y toda esa atmosfera acaparaba la atención de un frondoso árbol. Del roble se movió el follaje.

–“Debe ser un tigre; de nuevo tengo miedo y esto no termina; es una pesadilla sin escapatoria”-.

Más el arbusto continuaba moviéndose y en eso apareció José, reluciente, ajeno pequeño a los hechos y con inocencia le pidió a la obligada visitante la pelota de brillantes colores, replegada en algún lugar con sus gajos de cuero, precisamente de balompie.

Decía el niño: “ahora pásame tú el balón, ¡Así no…!; la envías para otro sitio, sí yo estoy aquí a tú izquierda. Mándala con tu pierna derecha. Ándale, así está bien”. Aquella rodaba bien, salvo pequeños obstáculos por lo crecido del pasto”. Los desconocidos en diversión, en ida y retorno, risas, alegría distante de la tortura.

–Ya les dije, mis patrones están ausentes. No sé de quién sea esa información. Se alejaban y venían los gritos. Golpes en los tímpanos y en el cerebro para desmayarla. Ella no tenía culpabilidad alguna, pero sus patrones probablemente estaban involucrados en contra del Estado.

Pero en las afueras de la casa de tormentos, se deshizo la tarde y entró la noche a tomar su lugar como siempre lo hace; se encendieron las luces y ahora la práctica se perfeccionaba.

Más adelante, la adolescente y el niño, se colocaron el color de su patria; ya listos se enfrentaron en duelos amistosos a las selecciones nacionales en países de aparente democracia y férreas dictaduras latinoamericanas. Ganaron en el coloso de Santa Ursula, a los brasileños en el Maracaná y así llegaron a su lugar de origen, en lugar distinto, en el centro de la cancha del Estadio Nacional de la principal capital, un público distinto, etiquetados con números de serie, sentado en la banca, agachado, angustiado, desaliñado, sin perspectiva alguna, brotaba lo tétrico de las bayonetas caladas, de verdaderos antropoides vigilando a cientos de detenidos: todos ellos señalados de ser opositores al golpe de Estado militar, encabezado por Pinochet.

Se podían identificar a funcionarios leales al derrocado régimen de Salvador Allende, a prosperar en verdadero gobierno en Chile, con diferente camino en respuesta real, efectiva y sincera a ese pueblo; a los principales líderes de ardua tarea para encauzar afirmativas propuestas; a intelectuales con fidelidad, quienes aconsejaban hacía el sentimiento de una verdadera República; a los estudiantes manifestantes por sus propios y valederos proyectos y a todo señalado en contra de los generales golpistas. La toma del poder y el mandato de Augusto; órdenes directas del Imperialismo Yanqui.

Y ahí estaban los Risi, padres de José, ignorantes de una existencia precaria, de ser borrados sus nombres y acabar en la fosa común, tan grande como tantos pudieran caber. Pero el robusto palo de Roble se agitaba para esconderlos de la grada cercana, hacía su propio viento para agitar las ramas y cubrir la presencia del matrimonio. Hacer un hueco y resguardarlos.

Los tres contribuían ya en sus propias sombras. Eran fantasmas a la hora de la espera. Llegó el tiempo anochecido y a la maniobra: el tronco extendió el ramaje y depositó en sus adentros a la pareja. Tanto José como su amiga, ya no tanto relacionada así, ahora era su amiga cuidadora. Y treparon; deseaban más negrura; no ser descubiertas sus siluetas.

Comenzó a moverse aquel árbol de la vida; tenía su propia filosofía, conocedor de todas las mitologías del mundo. Arreció la marcha.

—¿No notas algo raro en medio de la cancha?—Uno a otros se preguntaban, los de vigilancia extrema.

—Es cierto algo se mueve y viene hacia nosotros—.

—¡Rápido, llámale al sargento—

–No…mejor ve tú, no disparo la ametralladora, varios podrían morir—.

Se presentó el de grado mayor con bostezo prolongado con ganas de mandar todo al diablo. El trabajo represivo aumentaba, no solamente en ese espacio, sino en todos los lares.

—¡Yo no distingo a nadie!– Rugió la voz mandante—Sólo están cansados, ¿ o de cuál fumaron?. Veo aquí muchas colillas y apestan a yerba quemada

—¡No…, mi sargento. Son las del turno anterior!

— A ver…,a todos ustedes los quiero con el uniforme bien abrochado y el casco puesto. Están castigados—.

Ese gigante no podía hablar. Entendía doblarse para salir del principal túnel. La generosa madera se movía de un sitio a otro alegremente y tocaban sus puntas el Universo de la libertad. Esquivaba el incesante patrullaje de vehículos verdes con insignias significadas al acecho de la muerte.

En el despertar de esa mañana muy anaranjada, los pájaros salieron a reconocer el trayecto faltante y retornaron pronto al señalar la proximidad salvadora.

El poblador del mundo con sus puntos cardinales, para algunas creencias, símbolo de la Vía Láctea, depositó a las cuatro personas pegadas a las paredes de la embajada, en la representación diplomática acogedora de exiliados, mártires por el abuso del poder.

Y aquí en el quiebre del cuento “El Árbol” de Juan Carlos Onetti, con los ojos de asombro y con grandes gafas, asomó a la historia reciente al explicar el existencialismo de la Literatura Latinoamericana. Le jaló las orejas al terrible copiador de obras ajenas, no sin antes mencionar a los juguetones alejados de la maldad; de las manchas y las impurezas; lo sucio contemplado, más implacable ahora, en todos los rincones del planeta.

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